Afuera estaba gris casi violeta, violento. Tenía miedo, mucho, y desde hacía tanto tiempo que ya no sabía lo que era no tenerlo. Dormía a medias, tanteando cada rincón de los sueños por si acaso aparecían los monstruos. Dormía sola, para no creer otra vez en el número 2, pues entonces los monstruos saldrían de los rincones de los sueños, de las sábanas y las cortinas. De los cajones, de los bolsillos, de las tumbas. De su mente y de la tuya. Porque, amor mío, no te equivoques, ella soy yo y él siempre [siempre (siempre)] serás tú.

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