Me había convertido en una de esas manos diminutas que recortan y pegan, quitan de allí y pegan de allá, suben, bajan, retuercen, retocan, toquetean y queman. Me había convertido en una inventora de vidas, pero no vidas cualquiera, no. Una vida, la tuya, que ahora tenía a mi lado, en un rectángulo de papel, en un rincón de la cabeza, en mi sonrisa o en mi cama. Te tenía a mi antojo y ya no dolías, solo callabas lo que quería oír, o más bien no decías lo que ya podía oír. Yo me quedaba quieta y tú también, yo suspiraba y tú te apartabas, o me besabas, según el día y la fecha y mis ganas. Era perfecto, o al menos eso pensaba hasta que un día conduciendo eché la mano a tu rodilla y no noté nada. Nada. No estabas y tampoco aparecías.
Eran las 7:21 y conducía sola un coche gris.

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