30.12.09

Decidimos. Decidimos a cada minuto. Decidimos un color, un sabor, una dirección. Respirar. O dejar de hacerlo. Terminar o empezar. Y cada decisión implica una mirada distinta, un camino al mar con más o menos vueltas. Yo solía llamar casualidad a aquello que escapaba de mi pensamiento, los porqués alegres, los sinsentidos. Todo lo lejos que pudiera llegar sin usar la razón, eso era perfecto. Era terriblemente perfecto. Era. Era y fue perfecto. Ahora ya no lo es, ahora no hay que dejarse llevar. Ahora es la razón la que viene a decirnos que está ahí afuera esperando, que no va a moverse hasta que no le abramos la puerta, la acurruquemos en el sofá y le digamos una a una las razones del cosquilleo en el estómago que no deja hablar. Pero resulta que no puedo decidir entre abrir la puerta o saltar por la ventana, y ni siquiera se si es una necesidad, una posibilidad o una escapatoria fácil. No se más que este maldito dolor que intento ocultar pero aparece, retorciendo, una y otra vez, la cama, las paredes, las pestañas y hasta las nubes grises que entran por el hueco de las persianas. Llueve en el canal más que nunca, y el nivel del agua empieza a asustarme. Puerta o ventana. Solo es una decisión. Terminar o empezar.

No hay comentarios: